El circo de la violencia

- Sep 5, 2010

>En algunas ocasiones al tratar con tantas diferentes personalidades, intentando ahondar en sus mentes, pero mucho más; en sus sentimientos y la raíz de todas esas creencias que en su momento dan lugar a ellos, me he enfrentado al tremendo miedo de ver cara a cara la violencia humana.

Las ganas de causar daño, de que alguien le duela el doble, el triple lo que a ti te dolió la afrenta que ejecuto hacia ti, o en el peor de los casos, hacia un ser amado por ti, (que en muchas ocasiones se cobra peor que si fuera a uno mismo).

Los ojos inyectados, tremendamente fijos, enrojecidos, el rictus de los labios apretados enblanquecidos por la rabia, los puños crispados, el rostro echado adelante en actitud de ataque, de morder. Esto tan solo al recordar la herida, el dolor, el tremendo coraje, personas que en su momento vivieron experiencias demoledoras para ellos, es como si de repente, el ser experimentara una dimensión diferente, como si en ese momento el ser solo viviera para poder sacar ese coraje, donde el pensamiento y la energía se fijan en un solo punto, el que un día fue el probable agresor.

Es como convertirse en otra persona y pasar a un ser diferente, los core energetistas, lo llamaron EL SER INFERIOR.

Esa parte del ser humano que es capaz de hacer cualquier cosa para agredir, lo que en algunas veces se llama conducta inhumana, pero perfectamente ejecutado por uno, y que cualquier persona puede experimentar, la nota roja no les pasa necesariamente solo a los demás, TODOS SERIAMOS CAPACES DE SER PROFUNDAMENTE VIOLENTOS, es solo detonar las claves exactas que en la mayoría de las ocasiones son las heridas previamente vividas en nuestra infancia y que en esa ocasión vivimos desde la impotencia y el sometimiento, y que llega un punto que se toma la decisión de no soportarlo más. Y es entonces, cuando se libera este SER INFERIOR “inhumano” pero profundamente humano. Tremenda paradoja.

Cuando alguien repite en nuestra edad adulta, la herida vivida en nuestra infancia desde la impotencia de ser un niño, es cuando el ser inferior hace su aparición de las maneras más irracionales, incluso para nosotros mismos y con el poder de ahora ser un adulto, es por eso que el deseo de poder, o tener poder revela nuestra verdadera esencia, y tiene una profunda raíz en una profunda impotencia infantil, el engaño, busca el hambre de que el otro pague con dolor, tu confianza que fue  traicionada, no importa si sirve o no, no importa si las leyes morales y religiosas digan que debemos perdonar, son palabrerías huecas para ese momento, el foco es claro. Porque al “cobrar” esa cuenta la sensación es de un poder, que aunque efimero, poder finalmente, sensación de superioridad y de control es casi de niveles de éxtasis.

Quien no reconozca su SER INFERIOR y no lo pueda trabajar y manejar estará destinado a ser su esclavo y cargar con la culpa del momentáneo circo violento que experimento. Y cuando lo menciono como un circo es porque merece toda esta expectación de parte de los que no están ahí, es este mal espectáculo al cual nos vemos expuestos constantemente, y envenena nuestros sentidos como si fuera una droga al buscar verlo y temerlo, así, como cualquier otra droga. Amén de la culpa, que hoy no tocaremos.

La semana pasada vi el rostro sonriente de un capo recién atrapado en la televisión, vi un circo inútil que no mitigara ni un milímetro la violencia, hasta cuando entenderemos que esto es algo individual, algo familiar, hasta cuando ensenaremos a nuestros hijos que su propia rabia es aceptable y que hay lugares, formas y momentos donde exponerla, que su ser inferior no se engrose de tal suerte que tenga estas explosiones violentas de carácter que termine dañándose a sí mismo y por supuesto a muchos en el camino.

Hasta cuando dejaremos de aplaudir el circo de la violencia y daremos un trato preventivo, educativo, y volver a “ser humanos”.

Desde el niño que muerde en la escuela, el jefe que maltrata a sus empleados, el padre que golpea a su esposa y la tan silenciosa violencia de la madre que agrede a sus hijos de tantas y diversas maneras, no tenemos que ser capos del narco para asombrarnos de ellos y sus niveles de violencia, solo revisa cuáles son tus propios patrones de violencia.

* La autora, es una prestigiada psicóloga nayarita

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