El rostro atroz del secuestro

- Oct 17, 2010

>En México los secuestradores son de manera superlativa sanguinarios y desalmados. Su frenesí criminal no ha tenido freno y el pasmo de los gobernantes les ha permitido violar, mutilar y asesinar a sangre fría. En 2010 el secuestro alcanza categoría de bestial holocausto cuya erradicación parece imposible. Sólo a finales de 2008 se denunciaron 820 casos de privación ilegal de la libertad.

El país gobernado por el presidente Calderón figura como el primer lugar a nivel mundial en materia de secuestros rápidos y extorsiones telefónicas. Nadie está a salvo del odio ciego e irracional del plagiario; el secuestro y las bandas de secuestradores proliferan como un cáncer agresivo y dañan a ciudadanos y sus familias sin distingos sobre clase social o poder adquisitivo.

Estos criminales no respetan la dignidad de un niño indefenso, obligan a las cautivas a bailar desnudas, les infligen quemaduras de cigarro, desquician y atropellan su intimidad, las golpean sin misericordia y son violadas reiteradas veces. Muy pocas escapan de la muerte.

Daniel Arizmendi, El Mochaorejas fue un niño golpeado por su padre alcohólico, el tamaño de su resentimiento lo llevó a mutilar a sus víctimas, cortar sus orejas con unas tijeras para destazar pollos. Durante su captura, proceso judicial y encarcelamiento no ha mostrado ninguna señal de arrepentimiento.

El secuestro es un monstruo de mil cabezas con capacidad inusitada para afrontar nuevos retos, y aunque se capture y condene a algunos secuestradores, otros salen de la prisión al relevo para ejercer una violencia del plagio más sanguinaria, con más protección de las policías y cada vez más integrados a la delincuencia organizada. Libres y en la calle los delincuentes se reproducen como conejos para activar células operativas asesoradas por secuestradores convictos o ex policías corruptos.

Notoria es la incapacidad de las autoridades para detener a esta jauría de criminales. Hasta ahora no hay cifras y estadísticas aceptables sobre este flagelo social debido a la descoordinación e intercambio de información entre los responsables de la seguridad.

Pero podemos adivinar que es un negocio redituable si observamos que entre 2004 y 2007 ocurrieron 1851 secuestros y los secuestradores exigieron rescates por un total de 4 mil 982 millones de pesos, de los cuales obtuvieron más de 237 millones(Datos del Sistema Nacional de Seguridad Pública).

Pero estos datos son apenas una pálida sombra de una realidad con cifras más espeluznantes e inimaginables, pues cabe recordar los raptos sin denunciar. La CNDH sostiene que 75% de flagrantes privaciones ilegales de libertad no llegan a manos del MP.

Ex funcionarios de la lucha antisecuestros de la PGR sostienen que el secuestro será una industria incontrolable mientras no haya un severo control de los botines arrancados a las víctimas. Se captura a los raptores, pero el dinero y los bienes acumulados por sus tropelías son robados por policías ante la vista de las autoridades del Estado. En contubernio con algunas corporaciones policiacas la industria del secuestro crece y las organizaciones dedicadas al plagio han evolucionado a la construcción de células con tareas definidas, cuyos integrantes se desconocen entre sí. Para obtener información de sus víctimas acuden a familiares, amigos o personas de confianza resentidas por un agravio.

En el país nueve de cada 10 personas viven con una sensación de inseguridad constante. Algunos empresarios y propietarios de medios han tomado la decisión de emigrar. Incluso profesionistas como los médicos especialistas de Ciudad Juárez, Monterrey y el estado de Tamaulipas se disponen al éxodo ante la amenaza de secuestro y extorsión.

Las víctimas del secuestro provienen en gran parte de la clase media. Este grupo cuenta con menos posibilidades para velar por su seguridad o para emigrar. El impacto de los secuestros en la sociedad ha sido y es devastador. La expoliación de la libertad tiene secuelas difíciles de superar en familiares y sobrevivientes. A los desórdenes sicológicos se une el quebranto económico del núcleo familiar del ofendido.

Este conjunto de certezas compartidas con Humberto Padgett, autor de Jauría. La verdadera historia del secuestro en México (Grijalbo, 2010), son un marco idóneo para subrayar como un hecho alentador la aprobación de la ley antisecuestro con la cual se endurecen las sanciones penales hasta 70 años y que, al sumarse con la cancelación de beneficios de preliberación, pueden convertirse en cadena perpetua.

Por lo menos en papel se tiene una ley que estable la reparación del daño al secuestrado o a su familia, crea un fondo económico de apoyo y atención a víctimas, etiqueta el secuestro como imprescriptible y cancela las liberaciones anticipadas por buen comportamiento o vejez, indultos o amnistías. También da un golpe al talón de Aquiles de la industria del secuestro, pues las penas aumentarán de 25 a 50 años de cárcel si los secuestradores fueron policías o militares; si tienen vínculos de parentesco de amistad con la víctima, o si desde el cautiverio la lesionan. Así las cosas, sólo nos queda la esperanza de los días en que nunca más nos sucedan estas cosas tan despreciables.

 

(Académico, literario y periodista; Colaboración Especial)

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