La muerte es una fiesta

- Ene 18, 2011

>El tiempo puro, el tiempo decantado,
liberado de acontecimientos, de cosas y de seres,
sólo se muestra en ciertos momentos de la noche,
cuando uno lo siente avanzar,
con la única preocupación de ser arrastrado
hacia una catástrofe ejemplar.
Emile Ciorán

La muerte nos alcanzó cuando empezamos a cruzarnos de brazos para permitir que viviera con nosotros. Oíamos el batir de los helicópteros pero pensamos que venían por ellos. Sin embargo, en las paredes quedaron las balas carcomiendo el invierno.

Después vino el Ejército para asegurar la criminalidad de la plaza. Los militares salieron de sus refugios mostrando la impavidez del rostro, el metal de las armas, hicieron el performance de mostrarse en calles y autopistas en su largo desfile militar sólo para seguir pasando. La muerte siguió retozando en banquetas, autolavados, plazas comerciales, anunció su decisión de jolgorio. Nadie interrumpió su fiesta.

Los gobernantes ocuparon el lugar del coro griego: fuera de escena, oyen los gritos de los personajes, pero ensimismados en su propio espejo, dialogan con ellos mismos en un parloteo repetido escenográficamente. Nada de lo que sucede les perturba, ninguna muerte les toca el follaje de luz de sus propios reflectores. Ni la muerte de niñas dentro de las escuelas, ni la muerte de jóvenes en busca del tiempo vivo, ni la muerte de adolescentes tiradas en la hierba dormida. No los muertos colgando en los puentes de cemento de los informes celebrantes.

La policía es el invitado del día siguiente. Retrasados, desactualizados, sin órdenes precisas. Con sus flechas prehispánicas apenas aciertan a detener automóviles de familias protegidas con amuletos de “Bebé a bordo”. Pasan con sus torres azules apenas rosando el vendaval de la muerte, mas no se detienen. Su lugar no está ahí donde indefensos ciudadanos compran el pan del día, caminan los pasos del trabajo o adornan el espacio. La policía pisa las calles en su simple función de estar, pero no son. Hace tiempo dejaron de ser los guardianes del orden público, hoy desguardan el desorden de lo público.

Los políticos deseosos de seguir en el festín del poder frivolizan la política: banales en sus campañas hablan a los hambrientos. Por eso les dan pan, tortillas y sardina. También les traen el circo: líderes construidos a fuerza de propaganda, a fuerza del derroche de nunca su dinero. Embellecen sus caras, alisan su piel, engolan la voz, regalan piedras doradas para hipnotizar a los electores mientras los muertos resbalan por la piel del día, continua e ininterrumpidamente. Las palabras vacías de políticos fotoshopeados quedan en las pancartas para los insectos de la noche, que atraídos por luces artificiales, revolotean.

La ciudadanía, atrincherada en el ámbito digital, despliega su neurosis contemplativa ante la incapacidad de organizarse ¿dónde están los líderes reales? ¿quién tiene propuestas de organización colectiva, cara a cara, face con book? ¿Quién capitaliza el descontento de todos? Las redes sociales transmiten las minucias de las vidas, fragmentos que nunca se unen en una acción certera. Palabras rotas donde el mundo se escribe destrozado desde cada yo que se cree el centro.

Los medios de comunicación, golosos de la información del morbo, encuentran su festín en cada escena atrapada en las cámaras. Llevan la cuenta de los muertos, de la sangre, de los cuerpos mutilados. Introducen en la imaginación del espectador la mente de los asesinos, sus guaridas, estulticias, riquezas, botines: abren la puerta a la denigración humana, gritan a los cinco vientos la muerte y sus ventajas; desarman la prudencia, incitan al miedo y con ello, ganan patrocinadores, rating, dinero.

Mientras, la muerte sigue de fiesta. El día comienza con el recuento de los fragmentos del día anterior y termina acumulando los nuevos. Múltiples formas de matar ocupan la imaginación de niñas y niños; sobrecoge a los adultos ante la impiedad desmedida; desarma las recomendaciones habituales del paso por la ciudad; levanta muros en las cercanías de las escuelas; agota la vida de niños recién nacidos; alcanza a los jóvenes en su desvalidez de empleo; se impone a la pobreza como escape para sobrevivir.

Del verde al amarillo, del rojo al morado, del azul al sin color; paralizados, expectantes, esquizofrénicos, vemos la fiesta de la muerte: muertos que se abren paso entre otros muertos.

*La autora, es socióloga de la Universidad Autónoma de Nayarit

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