Los Plutarcos y sus tres sábados de gloria

>A sus 43 años era un hombre de güevos. Nadie lo había visto llorar. Sufría, pero no lloraba. Ni cuando lo abandonó la primera novia, allá en la infancia. Ni cuando murieron sus padres.

Ese día fue distinto. Lloró como niño. Golpeó con los puños, hasta sangrar, la pared de la funeraria cuando le entregaron en su féretro de sicario a su hijo, a dos meses 14 días de cumplir sus 18 años de edad. Sólo pudo ver sus ojos cerrados, porque una cachucha azul marino cubría su cara, o más bien lo que quedó de su cara por dos balas expansivas que entraron por la cabeza y salieron por la boca. Vio esos ojos que un día tuvieron cara, y se tiró a llorar.

Su hijo se llamó, o se llama, no sé cómo es correcto decir, Plutarco. Como él, como su abuelo.

Plutarco terminó con buenas notas la primaria. De la secundaria sólo terminó primero y ya no regresó en segundo. A los 16 embarazó a una muchacha de su edad y se la llevó a vivir a la casa de los Plutarcos, como la conocían en la colonia Gobernadores. Su hijo se llamó también Plutarco.

Desde que se llevó a su mujer a casa de los Plutarcos tuvo que trabajar: En un expendio de cerveza, en un Oxxo, lavando carros, de peón a veces. En promedio recibía 580 pesos a la semana. Algunas veces llegó a ganar un poquito más. Para mal comer. Ni para los méndigos pañales alcanzaba. Menos para las caguamas.

Plutarco no tenía muchas maneras de mejorar su economía. Se la hacía imposible volver a la escuela. O trabajaba o estudiaba. Tenía que trabajar. Me van a disculpar la ironía, pero no tuvo parientes políticos para que lo basificaran en el Gobierno del Estado. Tampoco podía aspirar a una notaría o permiso de taxi de fin de sexenio, como otros.

El sábado después de la chamba un primo le invitó una buena borrachera. Comieron mariscos en un botadero del Libramiento. Lo invitó a trabajar. Dos mil pesos a la semana. Carro. Celular. Pistola. Trabajo fácil. Nada de violencia. Ir, ver, avisar. Ése era el trabajo.

“No me contestes hoy, dime el sábado que viene”, le dijo el primo cuando lo dejó en su casa a bordo de una Toyotita 2002, estéreo chingón, música perrona de los Tigres, bajita para no hacer escándalo, para no llamar atención.

“Estás pendejo, te van a matar. Tú qué sabes de esas cosas”, le dijo el domingo su mujer cuando veían una película de El Santo.

“Si te cuidas a lo mejor no te pasa nada”, le dijo el lunes después de platicarle que en Liverpool había visto una carreola.

“Prométeme que no vas a tocar la pistola”, le pidió el martes después que le dijo que en diciembre podían ir de vacaciones con su hermana a la Riviera Nayarit, donde trabajaba de camarera en un hotelito de un empleado municipal que en tres años logró hacer un capital respetable para hacerse empresario.

“Con tu primer sueldo me compras un celular”, le pidió el miércoles.

Los siguientes días ya no hablaron del nuevo empleo. Como que ese silencio era un pacto sólido entre los dos.

Ese sábado el primo lo buscó a la una en la salida de su trabajo. Lo llevó a una calle de la colonia Amado Nervo. Le dio las llaves de un coche blanco modelo 2006, lavadito, recién encerado, aroma a canela y manzanas en el interior, buen estéreo. Un celular Nokia. Y una pistola.

“A mí ni me conoces. Te van a llamar. Te dirán qué hacer. Tú reportas al teléfono de donde te den las órdenes. Alguien te pagará los sábados temprano. Dos mil pesos como quedamos. No hagas pendejadas, sólo lo que te pidan”, le dijo el primo y se fue.
Tomó el carro y lo estacionó afuera de su casa.

La historia que contó a todos fue sencilla y creíble: a un compa del gobierno le habían dado 10 permisos de taxi en Tepic y la Riviera Nayarit y él sería chofer de uno. Esa carro que traía lo iban a pintar para tales fines. No sabía si rojo o amarillo.

Para ocultar la pistola no tenía problemas. Siempre había usado camisa desfajada. No tenía ni puta idea cómo manejarla pero le daba una emoción de vértigo meterse al baño y verla, olerla, apuntar como si tuviera a un pendejo enfrente.

No recibió llamada ni sábado ni domingo ni lunes. Hasta el martes como a las cuatro de la mañana. Se comió una galleta Emperador, un trago de Pepsi y se salió. Regresó como a las 11 de la mañana. Nada le dijo a su mujer y ella tampoco preguntó. A partir de ese día iba y venía. Sólo él sabía qué hacía, de ello no decía media palabra.

El sábado llegó a las 3 de la tarde. “Vámonos a comer”, le ordenó a su mujer. Se fueron al botanero. “No alcanzaremos a comprar el celular ni la carreola”, le dijo y se la llevó a Ley a comprar pañales, galletas y salchichas. Agarró una botella de Presidente para que se diera un lujito su abuelo. Y unas caguamas para él.

Tres sábados chingones. A muchos puede parecerles poca cosa, pero Plutarco nunca pudo darse esos lujos. Ni su padre. Ni su abuelo. No alcanzaba para el celular de la mujer ni para la carreola del niño, pero había comida, pañales y unos tragos. Eso, créanmelo, es un sábado de magnate para la gran mayoría en este Nayarit al que, como dice un antigobiernista del Face, todavía no se le nota o no todos se lo notan, pues.

El tercer sábado de dos mil pesos se llevó al botanero al papá, al abuelo, a dos hermanos y a la mujer.¡Cómo no lo iban a querer! Nadie sospechaba nada y si sospechaban se hacían pendejos. Sólo el abuelo le dijo que ya que estuviera el taxi listo le iría mejor. “Porque hay taxistas que hasta chingaderas reparten y les va re bien”, comentó entre broma y en serio después de la tercera y penúltima cerveza.

A las 6 de la tarde ya estaban en la casa. Poco después de las siete recibió una llamada y salió a la calle. Nunca regresó.

Le llamaron a su celular el domingo por la tarde y no contestó. El lunes unos conocidos llevaron a la casa de los Plutarcos un periódico. Se lo mostraron a la mujer sin mediar palabra. “Le destrozaron la cara”, decía el titular. Fueron al ciber para ver las fotos de la Internet. Era el coche blanco de Plutarco. Y la camisa a cuadros con la que había salido el sábado.

Velaron a Plutarco en la casa de una hermana del padre, en una colonia de Xalisco. Su familia sabía que el carro blanco no era taxi pero nadie quiso saber más. Sabían que lo habían matado de esa manera por razones obvias. Tenían miedo que en el velorio llegaran y los rociaran de balas, como ya había pasado aquí y en otros estados, según los noticieros de la tele.

Lo velaron, lo sepultaron y se encerraron a piedra y lodo. Nadie ha tocado su puerta. Ni la policía para investigar las razones de la muerte de este muchacho que por putos seis mil pesos y tres sábados gloriosos dejó la vida embarrada frente al volante de un coche blanco que ni era suyo ni sería taxi ni aquí ni en la Riviera Nayarit.

 

Nota del autor: Esta historia me fue compartida por la familia del muchacho caído en esta guerra sin fin. He cambiado nombres y lugares para proteger su identidad y por lo tanto su seguridad. Se autoriza su reproducción sin permiso expreso.

 

(El autor de este artículo, Jorge Enrique González Castillo *,
es publicista, editor, periodista y encuestador nayarita)

 

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