'Lo matas dos veces', dijo la madre de Plutarco al muchacho pelos parados

>“Imagina que te matan a un hijo y a los días llega alguien a decirte que por mil pesos venga su muerte”, me pidió la madre de Plutarco, el muchacho aprendiz de sicario que encontró una muerte inútil a manos de un desconocido que a esas horas otro menor de edad también había mandado al infierno.

Imaginé.

“No me contestes”, ordenó.

No le contesté.

“Sólo quiero que no me juzgues”, dijo, una tormenta en los ojos, un huracán en el pecho.

Me explicó sus planes a partir de que el muchacho pelos parados y cinto piteado le ofreció, por mil pesos, matar al que disparó a su hijo.

Si recordamos, en el momento del encuentro con el muchacho pelos parados la mujer traía 200 pesos, que era una especie de liquidación que momentos antes había recibido por 10 años de trabajo aseando la casa de una mujer que no quería malas influencias para sus hijos.

Conseguir dos mil pesos para el gasto diario es para ella algo casi heroico, pero le resultó relativamente fácil reunirlos para su Plutarco muerto después de tres semanas de humo en que tripuló un coche blanco, portó una pistola y se dio algunos pequeños gustos de comida y bebida.

Recordó cuando su Plutarco niño quería que le amaneciera en Navidad un balón de futbol y no pudo comprárselo. Sintió un taladro en la cabeza con la imagen de Plutarco en sexto de primaria pidiendo una mochila para estrenar en el regreso a clases y ella diciéndole que no tenía dinero. Ahora, lo juró, por ese balón y esa mochila, en días tendría el dinero que pedía el muchacho pelos parados.

En Casa Mazatlán le prestaron 88 pesos por una medalla de la Virgen de Talpa que le había regalado su abuela cuando cumplió 12 años. En un abarrote de la colonia le dieron 30 pesos por una despensa que ese día le llevaron a su suegro, un “joven de la tercera edad” consentido por el gobierno. “Y le estoy pagando de más para ayudarla. Vale más la caja que lo que trae adentro”, dijo el miserable abarrotero.

Resultaría tedioso relatarles cada una de las operaciones que tuvo que hacer para alcanzar la meta de los dos mil pesos. Mientras iba para allá y venía para acá, repasaba lo que diría al muchacho pelos parados. Afinaba lo que a ella le tocaría hacer y haría bien, como dicen los anuncios de la tele.

Y llegó el día santo en que los dos mil pesos estuvieron en su mano. Fue al banco y pidió puros billetes de a cincuenta, nuevecitos. Los olió infinitas veces. Durmió con ellos. Oliéndolos, tocándolos. Ella no sabe lo que es un orgasmo y tal vez nadie le haya platicado qué es. Pero sería fácil que lo comprendiera si se le explicara que es muy parecido a lo que sintió esa noche de insomnio acariciando una y otra vez cada billete.

Por la mañana, temprano, entró al baño. Tomó en una mano el papel con el teléfono apuntado y con la otra lo marcó desde su Nokia.

–Sí –contestó el muchacho pelos parados, inconfundible su voz nasal.

–Muchacho. Soy la madre de Plutarco.

–Señora… –quiso interrumpirla.

–Tengo los mil pesos. Y mil pesos más. Lo matas dos veces –exigió.

–Señora… –quiso interrumpir de nuevo.

–Y debo ir contigo. Quiero ver morir a ese hijo de puta –gritó.

–Señora. No la quiero robar. Lo maté antier. Alguien se le adelantó. Una bala en la cara, tres en el culo…

Ya no contestó.

Apagó el teléfono.

Tomó el papel con el número telefónico y lo tiró al excusado.

Vio cómo se iba con la mierda de las seis y quince de la mañana.

*****

Nota del autor: Esta historia me fue compartida por la familia del muchacho caído en esta guerra sin fin. He cambiado nombres y lugares para proteger su identidad y por lo tanto su seguridad.

 

(El autor de este artículo, Jorge Enrique González Castillo,
es publicista, editor, periodista y encuestador nayarita)

 

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