La otra historia del indocumentado que vino a basificarse

>¿Dónde están los amigos? ¿Dónde los periodistas que diario querían declaraciones? ¿Dónde los proveedores amables? ¿Dónde las sonrisas y halagos de los subordinados?

Se acabó todo de un golpe.

Primero el chofer, que el día preciso de la entrega sólo quiso cumplir órdenes del titular entrante. Luego la fila para checar, las humillaciones en esas caóticas oficinas burocráticas, los comentarios de la prensa, los cuchicheos de los compañeros, los insultos a la Ola y el despido de 74 compañeros por el único pecado de haber  sido altos directivos en el gobierno anterior.

En ese pasillo donde les ha dado por amontonar a los empleados sin materia de trabajo, sin escritorio, sin silla, pasan las horas interminables. Si no fuera por los BlackBerry y las MacBook a los que se acostumbró como titular se volvería loco. Así que al menos les consuela compartir las penas con otros nuevos basificados. Le impactó saber que una exdama voluntaria tuvo que descargar un camión de despensas, ella tan distinguida, tan humana, tan destacada en aquellos cursos de motivación que llevaban a los ejidos para formar los verdaderos líderes que reclama la entidad. Y la manera en que son ignorados en las oficinas de gobierno los basificados hijos, esposas y sobrinos de los miembros del gabinete de lujo que jamás volveremos a tener, todos el más alto ejemplo del desarrollo humano.

Ve en su pantalla a los perversos de siempre que ahí andan circulando todo tipo de cuestionamientos a las miles de basificaciones, como si eso fuera mucho para lo que él y otros dieron para garantizarnos el futuro de desarrollo y conocimiento que merecemos. En el Facebook, en el Twitter, en los diarios de siempre, difaman también con supuestas carreteras que costaban 58 millones y se cobraron en 300.  Y ahora andan con el cuento de que la Arena Cora se concesionó indebidamente  a un particular e insisten en que la deuda pública es descomunal.

—¿Por qué no le dan oportunidad al Jefe de explicar todo? ¿Qué no oyeron con atención su último informe? Ahí está la doctrina de nuestro desarrollo definitivo. Todo eso que están discutiendo y  lo que irán sacando tiene una explicación que el Jefe puede dar de nuevo si es necesario. Aunque lo limpio ni jabón necesita    

—me dijo el extitular al tiempo que nos servían un caldo tlalpeño en una de las tres entrevistas que me concedió.

El extitular no es ni sombra de lo que fue, apagados sus ojos, agrio en sus comentarios, embrionario el rencor, ahogándose en sus dudas.

Al inicio de su cargo lo busqué en su cómoda oficina. Su secretaria me dijo que él me llamaría más tarde. Lo hizo por la noche, a casa. Me pidió que lo comprendiera, que su amistad conmigo no era políticamente correcta, que ni por equivocación le llamara al celular.

—Todas mis conversaciones se graban y las conoce el Jefe. Las altas tareas que desempeño exigen que los elegidos estemos fuera de la influencia de gente como tú

—explicó y yo me quedé mudo. Metimos al closet nuestra amistad. Evitó reuniones sociales en las que sabía que nos encontraríamos.

No volví a buscar a mi amigo el flamante titular. Alguna vez lo vi en una larga entrevista de televisión hablando de liderazgo y citando libros y autores que ni había leído ni conocía. La locutora, tan ignorante como mi amigo, dijo antes de irse a corte que era un honor “estar con alguien tan culto y con tantas lecturas filosóficas”. Ambos confundían los libros baratos de motivación con la filosofía.

Dos días después de entregar su cargo lo busqué y nos dimos cita. Me autorizó escribir sus glorias y desdichas.

La tercera ocasión que nos entrevistamos lo encontré inexplicablemente temeroso de perder el empleo. Conozco de primera mano su repentino bienestar material, casa nueva, coche nuevo cada año él, su esposa y sus tres hijos, viajes al extranjero dos o tres veces al año, dos de sus hijos con estancia anual en prestigiado internado de Canadá. Hace ocho años no conocían Puerto Vallarta.

—Vende tus casas y tus coches. Regresa a tu departamento y vive la vida que siempre tuviste. Con tus permisos de taxi puedes sobrevivir —me atreví a sugerirle.

—Quiero seguir sirviendo a la gente —me dijo como si estuviera con la conductora de televisión de aquella entrevista sobre liderazgo.

—No mames —le respondí.

Soltó la carcajada. En esa carcajada recuperamos la amistad lastimada por el poder que él vivió y le dio a manos llenas.

Pidió una cerveza Indio. Me quedé sorprendido. Pidió otras dos. No había probado alcohol durante sus seis años de elegido y dejó sin abrir la caja de tequila González que su Jefe le regaló en Navidad.  Se sentía una especie de apóstol y tenía la idea de que los apóstoles no beben.

Sin sus poses de redentor ni sus actitudes de nuevo mártir habló relajado esa tarde. Me compartió otro drama más triste que el de él, pero me aclaró que eso no se podía publicar.

—¿Recuerdas el anuncio aquel donde mi Jefe les decía a las madres que hablaran a sus hijos a Estados Unidos para que se regresaran porque acá habría trabajo pronto? —me preguntó.

—Como si fuera ayer.

­—Una mujer de Yago vino desde entonces y una o dos veces al año abordaba al jefe en cualquier evento. Le decía que quería traerse a su hijo de Estados Unidos. ¿Qué crees? Ahora que me tienen sin hacer nada lo conocí. Se sienta junto a mí a esperar que pasen las horas. ¡No sé cómo, pero consiguió su plaza! Gana 3 mil 800 pesos a la quincena. No le alcanza para nada. En Nevada ganaba 9 dólares la hora. Dice que nomás abran la armadora de automóviles que acaban de anunciar se mete ahí. O que se va a Santiago a trabajar en los invernaderos, pues allá será capital mundial de la agricultura controlada —interrumpió para pedir la cuenta.

—¿Y qué piensas? —le pregunté, seguro que respondería honestamente.

—Me recuerda cuando anunciamos que Zapote sería la capital mundial del turismo mágico. Fuimos unas pocas semanas los funcionarios y nuestras familias por órdenes del Jefe. Ningún turista de verdad —confesó.

­—Autorízame publicar esto —le pedí, mientras dejaba la propina.

­—Haz lo que te dé la gana ­—se despidió.

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Nota: Las opiniones de los personajes de este relato no reflejan la del autor, que con su estilo se limita a reproducir las historias, percepciones y sentimientos de los entrevistados.

 

(El autor de este artículo, Jorge Enrique González Castillo,
es publicista, editor, periodista y encuestador nayarita)

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