La mujer de los pechos fosforescentes en la Venta Nocturna de Liverpool

>Sus pechos son imán para los ojos. Poseen vida propia, fosforescencia, luciérnagas sedientas.

Ella en el mostrador de relojes finos, mis ojos encuentran los suyos, en un rostro que dibuja un gesto de reclamo.

Reconozco el rostro, no sé si remoto o reciente en mi vida, tampoco si cercano o distante en el trato. Inclino la cabeza como saludo y es inevitable ver esos pechos etéreos que asoman por el discreto escote, prisioneros de alta peligrosidad en esa delicada prenda.

En los siete pasos que me separan de la mujer voy de sus ojos a los pechos,  a la cintura perfecta y a sus erguidos glúteos cuando una vendedora le prueba un collar.

Ella de espaldas  a mí ve en el espejo su imagen con collar.  A un paso, me falta la respiración y la fuerza en las piernas.

Sin siquiera voltear a verme, con estilo, reclama: “¡Quién le paga para ofendernos
de esa manera!”. Detengo la marcha, sorprendido, sin poder pronunciar palabra.  “Conozca la misión de la Ola y la visión de nuestro guía y maestro y entonces hable”, me ordena.

Sigue hablando con la vendedora. Me ignora para siempre. Continúo la marcha, tras mi mujer y mis hijos, ellos camino al optometrista, yo a electrónica, ríos humanos que van y vienen, se entrecruzan, abejas en el néctar de la Venta Nocturna de Liverpool, esa noche larga en que te compras una blusa de tres lavadas y la terminas de pagar 18 meses después, eso sí con un 20 en el monedero electrónico, sí señor.

­­Camino en automático, ido. En mi pensamiento van y vienen esos pechos de luz, esa cintura, ese trasero que estremece. No atino a identificarla, no puedo comprender a qué se refiera con las ofensas ni sé de qué Ola hable.

Camino. Camino. Camino.

Me sorprendo preguntando por teclados en ropa íntima de dama. Prefiero salir y esperar a la familia en Sanborns, hojeando revistas.

De regreso, la historia de siempre. El tren carguero que avanza, retrocede, vuelve avanzar y la fila de autos interminable, en espera angustiosa.

Mis hijos en su obsesiva entrega al BlackBerry con sus dedos danzarines, en W Radio un resumen de los Panamericanos y  en mi cabeza el reclamo de la mujer, la luz cegadora de sus pechos, mi ansia por liberarlos del cautiverio.

–¿Viste a una mujer en relojes con un vestido muy bonito? Como siempre, la debemos conocer pero no sé quién es.  ¿Te saludó? ­–pregunto a mi mujer.

–Desmemoriado. Es aquella gordita, mamá de una niña de la guardería que bailó en el festival del día del padre y cantó Piensa en Mí. No recuerdo cómo se llaman, pero nos saludan muy bien los dos –me responde.

–Ya, ya, ya. ¿Pero qué tiene que ver aquella gordita con la mujer que yo vi hoy? –reclamo.

–¡No que detectas a kilómetros  a todas las operadas! ­–se burla.

Efectivamente, tengo una rara facultad no sustentada en la información de saber cuándo una mujer, sin necesidad de verla desnuda, ha sido pasada por los prodigios del cirujano plástico. Y como muchos machos provincianos no me nacen pensamientos eróticos frente a una mujer que prefirió al cirujano sobre el gimnasio o la sana alimentación. “Como estás jodido piensas así, pero los nuevos ricos disfrutan a sus modelos con alma de obesas”, me aclaró un amigo en vías de desarrollo.

Pues esta mujer de los pechos fosforescentes en la Venta Nocturna de Liverpool es precisamente una mujer que estrenó cuerpo venciendo victoriosa la autoestima lastimada por los muchos años de sobrepeso. Y por primera vez en mi vida no pude distinguir el cuchillo de carnicero en manos de un prestigiado y acaudalado médico.

Para fortuna propia y de la entidad el marido de la mujer fue un flamante funcionario durante seis años y su mujer una instructora de desarrollo humano. Ambos juraron en una ceremonia de signos y símbolos, el mapa de la entidad en un lado, Jesús resucitado en el otro. Juraron trabajar por una entidad de valores, de líderes, para salvarnos del salvajismo.

Tal vez como muchas otros funcionarios, el marido tenga su plaza de base con nivel 7 y compensación integrada. Igual que su mujer y sus hijos. Acaso un sobrino. Poca cosa para lo que han hecho por nosotros.

Tal vez esa mujer, como muchas otras esposas de funcionarios adictas al cirujano, cincelaron frases para promover los valores de la honestidad, la solidaridad, el respeto, la amistad y el amor, tan bonitas en los espectaculares, en los miles y miles de anuncios en la tele y la radio, en los útiles escolares entregados al inicio de clases.

Tal vez esa mujer de los pechos fosforescentes en la Venta Nocturna de Liverpool, su esposo, sus hijos y sus sobrinos, reciban este viernes la ingrata noticia de que no procede su plaza de base.

Tal vez sea el tiempo de que esas operadas se vayan para que en el ciclo de los seis años nuevas operadas nos rediman.

Tal vez.

 

(El autor de este artículo, Jorge Enrique González Castillo,
es publicista, editor, periodista y encuestador nayarita)

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