La cultura de masas no es necesariamente popular

- Ene 25, 2013

>En pláticas con comerciantes de libros, el científico Marcelino Cerejido relata que los vendedores “evalúan el costo de cada metro cuadrado de su tienda, de cada centímetro de escaparate, así como las preferencias del público”, para decidir qué tipos de libros “poner en los aparadores”. Es la gran masa la que marca las orientaciones y predilecciones “culturales” que se ofrecen en el mercado. Trátese de libros, de discos, cuadros, etc. Pero a menudo, por el hecho del consumo masivo, los valores de ese arte no son realmente “populares”; antes bien, pertenecen a una cultura dominante que impone sus estereotipos y su peculiar “filosofía”.

¿Se dirá que los narco-corridos son “populares” por el hecho de que son consumidos por una gran masa, gracias a los recursos industrializados y de marketing que permiten los medios de comunicación modernos? ¿Reflejan, los narco-corridos, los sentimientos, las inquietudes o las preocupaciones más genuinas del pueblo? No. Reflejan las de un grupo de poder, interesado en imponer su visión del mundo al resto de la sociedad mediante ese tipo de música. El narco quiere que lo vean valiente, honorable pese a sus delitos, amoroso con la familia y de parte siempre de la gente más humilde de la sociedad. Puede que sea legítimo el derecho a la expresión. No se niega. El asunto es responder si es realmente popular.

Ocurre lo mismo con la música promovida por las televisoras, con la intención de obtener ganancias millonarias mediante la difusión de clichés, de sonidos repetitivos y estereotipos sociales acerca del amor, de la pareja y de la vida en general, que no reflejan nada de la auténtica condición de las clases populares. Al estar sujetas a fórmulas maniqueas, melodramáticas y de prejuicios antisociales o de “género”, esas expresiones “artísticas” encubren la realidad al imponer, mediante el marketing, la aceptación e identificación de la gente común y corriente a esos esquemas. A causa de esa influencia, no les extrañe que algunos niños quieran ser sicarios, y las niñas aspiren a divas o modelos del espectáculo.

Antes del perfeccionamiento de los medios de difusión, la cultura de élite y el arte académico, simplemente imponían el canon privilegiado al resto de la sociedad. En Estados Unidos, por ejemplo, un tiempo se prohibió a los negros utilizar tonos menores, pues estos eran de uso exclusivo de los músicos blancos. Eso no fue obstáculo para que los negros inventaran el blues, padre del jazz y del rock. Entonces los tonos mayores se convirtieron en un distintivo artístico de estos seres humanos rechazados, absurdamente, por las características de su pigmentación epidérmica. La vitalidad de ese arte ha sido de tal vigor, que es imposible separar la sensibilidad actual de la música contemporánea, de aquel arte surgido de sus cantos tradicionales.

Algo similar, pero a escala nacional, pasó con nuestros corridos de influencia española, nutridos de la sonoridad y ritmos de los antiguos “romances”. Síntesis del mundo ibérico y del autóctono, —el mestizo—, los grandes corridos son verdaderos poemas cantados, que tuvieron mucho que ver con la evolución del arte musical mexicano, pero también, con los modos de expresar la existencia del mexicano común en algunos episodios dramáticos de la vida nacional, como la revolución y la lucha agraria.

Por supuesto, todo arte, incluyendo el blues y los corridos, puede estereotiparse hasta llegar a remedo que se venda por arte auténtico, como es el caso de la “música” de ese personaje producto de la mercadotecnia que se presentará nada menos que en la Universidad Autónoma de Nayarit.

Aquí es donde entra en acción la educación. Una de las funciones sustantivas de la universidad (de toda universidad, no sólo de la UAN) es la difusión de la cultura, que es una obligación complementaria a la investigación y la docencia. Nuestro deber institucional es generar y transmitir conocimiento, pero también el de difundir aquellos valores capaces de fortalecer nuestra cultura, no de ponerla a merced de los intereses comerciales de las grandes empresas mediáticas. Pero no hay que equivocarnos con la conclusión. No hay contradicción entre la academia, el comercio y la televisión. Hay contradicción entre el espíritu universitario y las fuerzas interesadas en tratar de imponer una cultura dominante haciéndola pasar por “popular”.

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