>México.- A las 7:19 de la mañana, Marquelia Álvarez hacía su ronda habitual cuando en la ciudad de México comenzó a temblar. Era un jueves de 1985. “Yo creo que nadie se imaginó la magnitud de un problema tan severo, se caían las piedras y se escuchaba el dolor. Era aterrador, un sinfín de ambulancias, la gente lloraba, pasaban muchas cosas”, narra.
Marquelia ha trabajado como enfermera de la Cruz Roja Mexicana por más de 40 años. A casi tres décadas de que se registrara uno de los terremotos más trágicos en el país, piensa que México no ha aprendido sus lecciones: “El país no estaba preparado y aún en la actualidad no lo está; nos dan capacitación, pero en ese momento la gente se le olvida lo que tiene que hacer”.
Dice que los jóvenes no se toman en serio los simulacros: salen corriendo, olvidan los puntos de reunión; el paciente entra en pánico y no recuerda las señalizaciones.
La coordinadora de Enfermería del hospital de la benemérita institución en el Distrito Federal asegura que seis meses fueron los necesarios para que el ambiente en la ciudad volviera a ser el mismo. “El día que nos permitieron regresar a nuestras casas era domingo, no nos pasaba nada, creo que el sentimiento todavía estaba a flote, pero seis meses después a las salas de hospital llegaban los mismo crímenes violentos”.
Marque, como es conocida, dice que episodios como este “no se pueden olvidar”, pero se sigue adelante. Ella no tiene hijos, dice convencida que nunca quiso heredarles un mundo como este.
Javier Heredia Fernández, coordinador de radiocomunicación de la Cruz Roja en el Distrito Federal, ya había participado como voluntario por 12 años cuando ocurrió el sismo. A la par, trabajaba en una empresa farmacéutica en el Centro Histórico, y cuando salió caminó por la calle de Niños Héroes. Su primera impresión fueron pavimentos quebrados y gritos. La gente trabajaba intentando rescatar a su compañeros.
Cuando llegó a la Cruz Roja de Polanco colaboró por 72 horas sin regresar a su casa.
Durante la emergencia se recibieron más de 2 mil pacientes, cuando el hospital tiene una capacidad un poco mayor a 100.
“Parecía que alguien nos hubiera bombardeado, porque parte de la torre de comunicaciones estaba derrumbada. La gente gritando pidiendo auxilio. Fue caos, desesperación, gritos. No sabíamos si el daño era en toda la ciudad”.
En la comunicación de Cruz Roja la historia que se escuchaba era de auxilio. Javier explica que las voces que recibía pedían lo mismo: ayuda para sacar a heridos de entre escombros. Pero lo que más recuerda son personas a quienes ayudaron y después se unieron a los voluntarios. También a los habitantes que les daban agua para limpiarse la tierra que llevaban encima.
Para él, el país está preparado gracias a socorristas que se valen de la tecnología, de nuevas técnicas para salvar la vida de las personas. El “no corro, no grito, no empujo” se ha superado.
A Javier le da “tristeza” cuando las personas se ríen en los simulacros: “No toman en cuenta que el día de mañana pueden necesitar salvar a su familia”, porque México es vulnerable a que un evento como estos vuelva a ocurrir.
Este 19 de septiembre, la Cruz Roja colaborará con elementos federales y locales, como Fuerzas Armadas y policías, en el megasimulacro de la ciudad de México.





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