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Cancún.- El Congreso Magisterial fue la resurrección del sindicalismo del viejo régimen: el culto a la persona, la alabanza a una mujer que permanecerá seis años más al frente de la organización gremial más grande del país.
La permanencia se fraguó de noche. La madrugada del viernes salió el plan para que Elba Esther Gordillo permanezca durante seis años más a la cabeza del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), un sexenio que empata con el nuevo gobierno federal del priísta Enrique Peña Nieto.
La cúpula sindical de los maestros discutía si el periodo de seis años era el adecuado o era necesario ir por un lapso de ocho años. Otro punto, nada relacionado con la vida sindical o la postura frente a la nueva administración federal, alargó el debate: las secciones sindicales querían la fotografía oficial con la maestra. La reunión se convirtió, entonces, en una suerte de culto a la personalidad de una mujer que lleva más de dos décadas al frente del sindicato de los profesores.
Todo estaba planchado: ella se quedará al frente, como lo había anticipado en una entrevista con EL UNIVERSAL. “Si me lo piden, me quedo”, esa fue una de las frases de Gordillo, quien con el puño en alto arengaba a sus delegados, en una estampa del viejo sindicalismo que sale de terapia intensiva, luego de 12 años en estado de coma.
La mañana del viernes comenzó con el segundo día de los trabajos del VI Congreso Nacional Extraordinario, en una enorme carpa instalada en los jardines y una cancha de futbol de un hotel de esta localidad turística. Miles de sillas blancas ocupadas por los representantes de las 55 secciones del SNTE.
El sindicato recibió todo el apoyo estatal y federal para la realización de la asamblea, muy encaminada a ungir a Gordillo, renovar estatutos y la dirigencia y plantear nuevas exigencias económicas al gobierno entrante de Peña Nieto.
Elementos de la Policía Federal —del escuadrón de explosivos— acudieron a las 9:50 de la mañana para revisar el presidium, donde la maestra juraría ante más de 3 mil delegados, que llegaron aquí en vuelos charter y comerciales.
El sindicato dispuso de pantallas gigantes y cámaras de televisión, algunas con grúas, para que nadie perdiera detalles.
Los primeros acuerdos se tomaron a mano alzada, “por mayoría visible”, una figura que quiere ser desterrada en la reforma laboral y que pondría los pelos de punta a quienes promueven la democracia sindical con el voto secreto. Al mediodía, la asamblea determinó un largo receso.
Por la tarde, las secciones sacaban un acuerdo: tomarse la foto con la dirigente en un teatro del complejo turístico. El dilema que se planteaba al interior era si la imagen tenía que ser con cada uno de los delegados o con las secciones. Ella dijo que era mejor en grupos, porque de otra manera pasaría más de 10 horas frente a la cámara.
Pasadas las 18:00 horas inició el desfile, un besamanos al viejo estilo del presidencialismo del PRI. Los profesores rodeaban a Gordillo, quien se secaba el sudor con un pañuelo blanco. Un ejercicio de porras y gritos de los delegados.
“¡Elba Esther Gordillo, la 10 está contigo!”, “¡Elba Esther Gordillo, Michoacán está contigo!”, “¡Aquí y allá, Tabasco te apoyará!”, le gritaban a la señora que ensayaba su mejor sonrisa y los invitaba a levantar el puño. Ella lo hacía con el pulgar en lo alto, para demostrar que aquí no hay quien chiste a sus designios.
Dos horas y media después, ella se mostraba fastidiada y los apresuraba: “Perdón que no les dé abrazos, por favor ayúdenme”. Los invitaba a salir por el otro extremo del teatro.
La puesta en escena de la foto oficial duró tres horas y media. La profesora se hizo presente en la asamblea a las 21:32 horas. Sus delegados le aplaudieron cuando subió al templete.
La reelección estaba cocinada, amarrada, sin una disidencia visible. Vestida con blusa y pantalones blancos, Gordillo hablaba de manera pausada a sus seguidores. “Si me lo piden, me quedo”, había dicho la víspera de la unción, en esta nueva etapa de la resurrección del viejo sindicalismo.
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