Muerto el rey, que viva el nuevo rey

- Nov 13, 2011

>Roma.- El sábado 12 de noviembre de 2011 fue inolvidable para muchos italianos. Poco después de las diez de la noche, el jefe de gobierno y magnate de la comunicación Silvio Berlusconi, de 75 años, presentó su renuncia como jefe de gobierno.

La noticia, ya anticipada, fue celebrada por los italianos, felices por el fin del “berlusconismo”. después de largos 17 años.

El martes pasado, Berlusconi había prometido al presidente Giorgio Napolitano renunciar a su cargo poniendo como condición la aprobación de la llamada ley de estabilidad. El requisito se cumplió, y la promesa también.

Napolitano dejó saber de inmediato que desde hoy se abocará a dialogar con las fuerzas políticas italianas para decidir el futuro político del país.

La designación del profesor, economista y dos veces comisario europeo, Mario Monti, como nuevo jefe del gobierno, es la opción que recoge más consenso, aunque no puede darse por sentada. La Liga Norte, algunos sectores de la izquierda y el mismo Berlusconi, que parecía de acuerdo con esta designación, se oponen a la creación de un gobierno técnico encabezado por Monti, prefiriendo el llamado a elecciones anticipadas que, según gente cercana a los mercados, sería un gran error, ya que no sólo provocaría una caída aún mayor a las bolsas de valores, sino que elevaría los intereses de los bonos del tesoro italiano, que en días pasados tocaron un peligrosísimo 7.5%.

Desde el anuncio de la “salida al campo” de Berlusconi, en el lejano invierno de 1993, han pasado 18 años.

Desde que asumió como premier, en mayo de 1994, Il Cavaliere —apodado así por habérsele concedido la Orden del Mérito al Trabajo (1977), que conlleva el título de “caballero”— marcó la política italiana, transformando al país y a los italianos, que modificaron su manera de pensar y de hacer política.

El caballo de batalla, la gran idea que hizo llegar al poder al político-empresario (nacido en 1936, dueño de Mediaset y del equipo de futbol AC Milan), fue haber interpretado como nadie los anhelos, esperazas y humores de la clase media y media baja italianas, que estaban completamente desilusionados de la clase política anterior, a causa de la corrupción en el país, que hizo desaparecer a todos los partidos nacidos después de la Segunda Guerra Mundial, tras descubrirse la red de corrupción político-empresarial que funcionaba desde hacía muchos años. El sonado caso se denominó “tangentópolis” (el país de la mordida).

Esta red fue descubierta en 1994, justo en el año del nacimiento de Forza Italia, el partido fundado por Berlusconi, quien se presentó como una opción empresarial para la política: sus miembros, de hecho, eran casi todos funcionarios de las empresas de Il Cavaliere, quien prometió dos millones de nuevos puestos de trabajo y una sustancial reducción de la presión fiscal. Ni éstas ni otras de sus promesas posteriores se hicieron realidad.

A eso habría que agregar la licenciosa vida de Berlusconi —divorciado de su primera esposa y en trámites para separarse definitivamente de la segunda—, cuyos escándalos derivaron en el desplome del prestigio de su gobierno: las famosas fiestas en sus lujosas villas, en las que participaban bellas mujeres y también jóvenes menores de edad, le valieron muchas críticas y una sustancial pérdida de consenso, sobre todo de su electorado católico.

Sin embargo, lo que lo hizo caer fue la crisis económica: la deuda pública italiana pasó del 107 % al 120 % del PIB durante su mandato, provocando un alza de los intereses de los bonos del tesoro italiano (7,25 %), que ha significado un endeudamiento de dos mil millones de euros. Ahora, Berlusconi se ha ido. Y, como dice un viejo adagio, “muerto el rey viva el nuevo rey”.

 

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